Resumen de Utopía

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Utopía resumen de libro

Clásico de la literatura


De qué se trata

Sociedad ideal y Estado ideal

¿Puede haber un Estado justo que permita que todos vivan felices y bien atendidos? Esta pregunta inquietaba a Tomás Moro. Vivía en la Inglaterra del siglo XVI, en la época del Renacimiento, la Reforma y las guerras de religión, en la que las noticias de las zonas del mundo recién descubiertas constantemente llegaban a Europa. En este contexto surge Utopía. La obra es un recuento de un viaje supuestamente verdadero de un navegante que afirma haber visto un Estado ideal en una isla en algún lugar más allá del ecuador. Moro discute con él: ¿debe haber propiedad privada? ¿Es buena la igualdad social? ¿Puede una sociedad generar suficientes bienes si nadie ambiciona obtener ganancias? ¿Hay un jefe de Estado bueno y justo que no urda guerras por intereses personales ni exprima a sus súbditos? Las preguntas muestran que la Utopía de Moro es asombrosamente moderna. De hecho, muchas de las ideas son prematuramente socialistas, incluso comunistas, 300 años antes de Karl Marx. Y se sigue discutiendo si la propiedad privada es una suerte o una desgracia para la sociedad. Otro de los méritos del texto es que creó el género literario de la utopía.

Ideas fundamentales

  • Utopía es uno de los escritos políticos más importantes de la Edad Moderna y ha acuñado su propio género textual. La palabra “utopía” tiene aquí sus raíces.
  • La obra de Tomás Moro muestra la imagen ideal de un Estado social y, al mismo tiempo, critica las formas de Estado existentes.
  • Un componente central del texto es el informe inventado de un navegante sobre la isla de Utopía, donde prevalecen condiciones sociales ideales.
  • El navegante critica duramente a las sociedades nobles de Europa y defiende las primeras ideas socialistas, en parte comunistas.
  • En particular, critica que los reyes y príncipes no se preocupen por el bien común y que a causa de esto se llegue a la guerra y la pobreza.
  • En su recuento del viaje sobre la isla de Utopía despliega el sueño de una vida digna, sin orgullo, envidia ni ansia de poder.
  • En Utopía todas las personas son iguales y se subordinan gustosamente al interés social.
  • La propiedad privada y la economía financiera se consideran la raíz de todo mal y, por tanto, se abolieron.
  • Los habitantes de Utopía encuentran placer en el deseo de cumplir con su deber: todos los miembros de la sociedad trabajan y ponen su energía al servicio de la comunidad.
  • Moro se muestra como un humanista y un reformador liberal.
  • En el libro Moro manifiesta dudas que también tenía en la vida real: ¿debería convertirse en consejero del rey o prefería seguir siendo un pensador independiente?
  • En Utopía ya muestra su mentalidad liberal, que le cuesta la vida muchos años después, cuando le niega obediencia al rey Enrique VIII.
 

Resumen

Prefacio a un informe supuestamente verdadero sobre la isla de Utopía

En una carta a Peter Gilles, secretario municipal de la ciudad de Amberes, Tomás Moro escribe que le está enviando la transcripción del recuento oral del viaje de Rafael Hitlodeo al Estado de Utopía. Puesto que Gilles también había escuchado su relato, le gustaría que verificara que el informe esté completo. Lamentablemente, él, Moro, omitió preguntarle a Hitlodeo en qué mar estaba ubicada la isla de Utopía; tal vez Gilles podría recuperar el dato. Moro sigue dudando si debería publicarse el informe: es posible que el libro no les guste a las personas, que no toleren su gracia, ingenio y burla; tal vez resulte demasiado difícil para los incultos y demasiado trivial para los eruditos. Gilles podría aconsejarlo sobre la cuestión de si debería publicarlo o no.

Sobre la dificultad de hacer política justa

Moro relata una misión diplomática en Flandes que el rey inglés Enrique VIII encargó. Allí Peter Gilles le presenta a Rafael Hitlodeo, un portugués que ha viajado a territorios inexplorados con el explorador de América Américo Vespucio. Hitlodeo habla de pueblos e imperios al sur del ecuador. Algunas de sus constituciones estatales y sociales podrían servir como modelo para los países europeos, que los portugueses consideran muy críticos.

“Casi me siento avergonzado, mi querido Peter Gilles, de enviarte este pequeño libro sobre el Estado de Utopía después de casi un año, cuando seguramente lo esperabas en el plazo de unas seis semanas; pero sabías que, para mí, la tarea de inventar algo nuevo se eliminó en esta obra y tampoco tuve que romperme la cabeza respecto a la disposición del material. Solo era necesario reproducir lo que tanto tú como yo le habíamos escuchado decir a nuestro Rafael Hitlodeo”.

Se entabla una discusión sobre por qué Hitlodeo, a pesar de sus ideas de reforma, no quiere ser consejero de un rey y, de esa manera, servir a la comunidad. Pero Hitlodeo no quiere ser un peón y no cree que a los reyes les importe el bienestar de la comunidad. Sospecha adulación servil en los consejeros del rey. Habla de una experiencia en Inglaterra que respalda esta suposición:

“Pero, en su opinión, la felicidad no se asienta en toda clase de placeres, sino solo en el placer bueno y honesto”.

Un jurista de la tertulia del cardenal John Morton, canciller de Inglaterra, a quien Tomás también conoce, se sorprende de que, a pesar de los castigos draconianos, los ladrones y los saqueadores estén cometiendo excesos. Hitlodeo replica: dar una paliza es, en general, peor que educar. Además, las personas roban por necesidad; muchos agricultores y artesanos han regresado mutilados de las guerras y ya no pueden trabajar. O sus arrendadores los explotan hasta la muerte, por lo que, en algún momento, tienen que abandonar su casa y su granja y probar suerte como vagabundos. Además, los príncipes y abades les quitan a los agricultores sus medios de vida y prefieren convertir las tierras de cultivo en pastizales para las ovejas. Hitlodeo recomienda reconstruir las aldeas campesinas, impedir la compra de tierras por parte de los ricos y oponerse a la decadencia general de las costumbres para no seguir convirtiendo a las personas en ladrones.

“Puesto que observáis tranquilamente cómo se educa básicamente mal a la gente y los jóvenes tiernos se convierten en adultos moralmente depravados para solo castigarlos después cuando han cometido faltas como hombres, lo que podría haberse esperado ya desde sus años jóvenes, ¿qué otra cosa hacéis más que engendrar ladrones para luego castigarlos?”

Asimismo, está en contra de la pena de muerte, porque Dios no permite matar. Como ejemplo, menciona el método de penalización de los polileritas, supuestamente, un pueblo que conoció en Persia. Allí, el ladrón debe devolver todo lo robado. Si ya no le queda nada, está obligado a hacer trabajos forzados. De esta manera cada convicto reemplaza con su trabajo el daño causado. El portugués también recomienda este método para Inglaterra, lo que causa indignación en la tertulia. Solo el cardenal propuso probar este sistema, ya que el sistema inglés anterior no ha tenido éxito. Ahora, de repente, todos los invitados a la tertulia elogian la sugerencia de Hitlodeo. Para él, eso prueba la adulación servil de los altos caballeros y, por tanto, que no hay lugar para él en la corte real.

Cuando el filósofo le da consejos al estadista

En una conversación posterior con Moro, Hitlodeo describe la política de poder europea habitual, y pone de ejemplo a Francia, especialmente con respecto a la política del matrimonio y el soborno. Le propuso al rey francés que renunciara a sus posesiones italianas, ya que ahora el país era demasiado grande para que pudiera ser gobernado sensatamente por un rey. Eso hicieron los acorianos, un pueblo cerca de Utopía: su rey había conquistado un país vecino, pero no había podido pacificarlo y había perdido mucho dinero. Entonces el pueblo le pidió que se decidiera por uno de los dos reinos. El inteligente rey le cedió el reino recién conquistado a un amigo, y protegió y embelleció con éxito su antiguo reino.

“Las autoridades no imponen horas extras de trabajo a sus ciudadanos, ya que el objetivo esencial de este Estado es aliviar a todos los ciudadanos tanto como sea posible, en la medida en que las necesidades públicas lo permitan, del trabajo físico a favor del libre desarrollo y el cultivo de su espíritu. En esto consiste, según ellos, la felicidad de la existencia”.

El portugués continuó: un pueblo feliz y adinerado le dará gloria a un rey, pero un pueblo empobrecido lo convertirá en carcelero, porque entonces predominarán los disturbios y los crímenes. Aquí menciona a los macarianos, también vecinos de los utopianos. Entre ellos el rey nunca puede tener más de mil libras de oro en su tesorería. Tiene que distribuir el dinero sobrante. Esto le impide enriquecerse indebidamente y volverse codicioso.

“La codicia y la rapacidad se derivan del miedo a la privación, pero solo en el hombre también existe el orgullo que se siente al superar las posesiones de los demás. Un vicio que no existe en absoluto en las instituciones de los utopianos”.

Moro señala que tales conversaciones ciertamente son agradables en una reunión íntima, pero que en la mesa del consejo de los príncipes están fuera de lugar. Hitlodeo llega a la conclusión de que los filósofos no tienen nada que ver con los príncipes. Pero Moro responde que, en lugar de darle la espalda por completo a la política y al Estado, al menos se debería intentar cambiar cosas pequeñas con tacto y el tono correcto.

“En otras partes, todo el mundo sabe que, si uno no se cuida de morir de hambre a pesar del más hermoso florecimiento de la comunidad, la necesidad lo lleva a preocuparse más por sí mismo que por la gente, es decir, por los demás. Aquí, en cambio, donde todo pertenece a todos, todos están seguros de que no le faltará nada a nadie si se preocupan de que los graneros públicos estén llenos”.

Hitlodeo no lo cree: la adaptación a los poderosos equivale para él a mentir. Además, solo hay felicidad donde no existe la propiedad privada; solo en un Estado así el filósofo tiene algo que aportar. Para Hitlodeo los ricos son canallas e inútiles.

Moro responde que si solo existiera la propiedad común, nadie tendría un incentivo para trabajar y crear valor, ya que no podría guardar nada. Además, las personas que solo conocieran la igualdad no tendrían respeto por las autoridades o la administración. El portugués no está en absoluto impresionado por las objeciones de Moro; vivió cinco años en Utopía, sabe que funciona.

Hitlodeo informa sobre la isla de Utopía

El nombre “Utopía”, según Hitlodeo, se remonta al conquistador Utopo, que colonizó una península hace 17 siglos y, en colaboración con los nativos, separó la lengua de tierra del continente, por lo que se creó una isla. Las 54 ciudades de la isla se construyeron todas iguales. Amaurota es la capital y la sede del Senado de la isla. A cada ciudad se le asignó suficiente tierra de cultivo para alimentarse. La tierra es cultivada por hogares campesinos constituidos por máximo 40 personas. Las autoridades de la ciudad asignan a las granjas el equipo y los cosechadores según sea necesario. Los utopianos generan excedentes con los cuales apoyan a las ciudades vecinas en emergencias.

“Si dejo desfilar por mi mente todas las comunidades de hoy día, las veo –que Dios me ayude– solo como una gran conspiración de ricos que, a la sombra y bajo el nombre del Estado, solo actúan en su propio provecho”.

Cada dos años la mitad de los miembros de los hogares rurales se mudan a la ciudad y 20 citadinos van a trabajar a las zonas rurales; todos los utopianos son expertos tanto en agricultura como en un oficio y los especialmente inteligentes son elegidos como científicos. En agricultura, ganadería y tecnología los utopianos están avanzados en la investigación respecto a la altura de los tiempos. En las ciudades no hay ninguna puerta cerrada, todos pueden entrar en todas partes. Treinta familias campesinas eligen a un responsable, el filarca. Los filarcas eligen a su vez a un protofilarca como representante. El pueblo propone algunos candidatos para las elecciones presidenciales, los protofilarcas se hacen cargo de la elección. El presidente ejercerá el cargo de manera vitalicia, a menos que aspire a una dictadura, en cuyo caso será depuesto. Cada tres días, el presidente y los protofilarcas se reúnen en el senado y deliberan sobre la suerte de la isla. Ningún asunto se discute el mismo día que se presenta por primera vez; se medita el asunto primero para no hacer nada precipitadamente.

Una forma de Estado completamente racional

Los utopianos utilizan la misma ropa sencilla, funcional pero elegante, que es fácil de hacer. Las construcciones también son sencillas; de esta manera, se requiere poca mano de obra. Esto, junto con el hecho de que todos trabajan, explica por qué los habitantes de Utopía solo trabajan seis horas al día y aun así producen en abundancia; los ociosos, o sea los ricos, los sacerdotes, los nobles y su séquito, pero también los mendigos, no lo hacen. Allí, solo hay trabajo significativo; no hay ocupaciones que solo sirvan al hedonismo ni tampoco abogados, a los que consideran picapleitos. Y puesto que casi no hay leyes en esta forma significativa de Estado, entonces los abogados resultan superfluos.

“Por todo ello, he llegado a la conclusión de que si no se suprime la propiedad privada, es casi imposible arbitrar un método de justicia distributiva, ni administrar acertadamente las cosas humanas. Mientras aquella subsista, continuará pesando sobre las espaldas de la mayor y mejor parte de la humanidad, el angustioso e inevitable azote de la pobreza y de la miseria”.

La diversión consiste en reunirse con otros, estar alegres y ocuparse mentalmente y ampliar sus conocimientos, lo que a todo el mundo le gusta hacer. Comen juntos en grandes salones. No hay bacanales ni juegos de azar. El núcleo del Estado es la familia, organizada de manera patriarcal. Las familias demasiado grandes dan niños a las familias más pequeñas para mantener el equilibrio. La sobrepoblación de una sociedad se resuelve mediante el traslado de personas a otra ciudad o la fundación de una colonia. Solo van a la guerra cuando necesitan tierras para asegurar su subsistencia, luego reclaman territorios de otras potencias que estas no utilizan para sí mismas. Cuando los utopianos ya no necesitan la tierra porque la población está disminuyendo, se retiran de las colonias y regresan a las ciudades.

Desprecio por la riqueza

En las ciudades todas las mercancías producidas se distribuyen en almacenes y cada uno obtiene ahí lo que necesita. No hay economía financiera. Nadie reclama más de lo necesario, porque nadie teme sufrir carencias. Los enfermos están bien atendidos en los hospitales, para lo cual se hace mucho hincapié en la higiene; la medicina es del más alto nivel y muy respetada. A los enfermos incurables, que además sufren de dolores insoportables, los utopianos les sugieren la eutanasia, pero no los obligan. Pueden viajar si están disponibles y obtienen un permiso. Sin embargo, los que se escapan son castigados con la esclavitud.

“La naturaleza, siguen pensando, invita a todos los mortales a ayudarse mutuamente en la búsqueda de una vida más feliz. Y lo hace con toda razón, ya que no hay individuo tan por encima del género humano que la naturaleza se sienta en la obligación de cuidar de él solo. La naturaleza abraza a todos en una misma comunión. Lo que te enseña una y otra vez, esa misma naturaleza, es que no has de buscar tu medro personal en detrimento de los demás”.

Nunca hay mataderos dentro de los muros de la ciudad, no solo por motivos de higiene, sino también para evitar que la gente se acostumbre al espectáculo de la muerte. Se exporta todo lo que los utopianos no necesitan; la séptima parte de estas mercancías se regala a los pobres del país al que se abastece. Con el oro adquirido han acumulado un inmenso tesoro; saben que pueden sobornar con oro a los enemigos potenciales y así evitar la guerra. Pero si alguna vez tienen que luchar, contratan a soldados extranjeros con dinero para proteger a su propia gente del servicio en el frente. Para los utopianos, el oro significa menos que el hierro y se considera de mal gusto, ya que lo poseen en abundancia. Si ven a un extraño adornado con oro, para ellos es una persona pobre, pues ellos tienen tanto que lo utilizan para los grilletes y las cadenas de los prisioneros y los esclavos, y también para sus orinales.

La ética de los utopianos

Éticamente, entre los utopianos domina el principio del placer y el deseo de vivir de manera natural, razonable, significativa y en armonía con la comunidad. En general, es preferible hacer el bien que correr detrás de cualquier diversión que solo garantice placer a corto plazo, con la consecuencia de tener que conseguir satisfacción una y otra vez compulsivamente, lo que no está exento de la ética utópica. No conocen los placeres nobles como la caza; consideran que es una aberración matar animales por diversión y mostrar elegancia; la matanza se la dejan a los carniceros. El adulterio se castiga severamente, pues asumen que cualquier acoplamiento no reglamentado socava la idea del matrimonio a largo plazo. Los delitos graves por lo general se castigan con la esclavitud; los trabajos forzados aportan más a la comunidad que la pena de muerte. En asuntos religiosos, los utopianos son tolerantes; todos pueden ser felices a su manera. Por esa razón, se oponen a la evangelización exagerada y al sectarismo. Creen en la inmortalidad y, por tanto, compadecen a los enfermos, pero no a los moribundos.

“Al mismo tiempo que Moro negaba con indignación las atrocidades atribuidas a él quería que todo el mundo supiera lo contrario, a saber, que creía necesario prohibir la siembra de herejías sediciosas, y para castigarlas, en casos extremos, era necesario aplicar la pena de muerte a los que desafiaran tal prohibición”. ( –  R. W. Chambers)

Hitlodeo termina su informe con una alabanza a esta forma de Estado y de sociedad. Moro señala que no aprueba todas las instituciones utópicas. Sin embargo, deja el informe tal como está, sin criticarlo en detalle.

Acerca del texto

Estructura y estilo

Moro subdividió su obra en un prefacio y dos libros. En el Prefacio crea la ficción de que el texto es un informe auténtico. En la forma de una carta graciosa dirigida al residente de Amberes Peter Gilles –que realmente existió–, finge que él, Moro, es el cronista de la historia narrada por el portugués Rafael Hitlodeo. En el Libro Primero, Moro relata cómo se encuentra con el susodicho Gilles y el navegante Hitlodeo en Flandes. Con este personaje inventado, crea un portavoz para la crítica aguda y directa a los sistemas de gobierno europeos. Se entabla una animada discusión con el portugués de lengua afilada y Moro se muestra interesado en todo, pero también lo contradice. En esta conversación se empiezan ya a discutir temas importantes: ¿Qué constituye un Estado justo? ¿Puede existir en realidad? Las preguntas motivan entonces el Libro Segundo, que incluye el recuento del viaje fluido y claro sobre la isla de Utopía, donde Hitlodeo cree que ha encontrado el Estado ideal. Aquí el portugués puede responder las preguntas del Libro Primero. La obra completa impresiona con un lenguaje claro y un estilo agudo y lleno de humor. Moro juega con los nombres ficticios: Amaurota, la capital de Utopía, está inspirada en Londres y de inmediato incluye la palabra griega para “niebla”. Hitlodeo puede significar en griego tanto “bufón” como “enemigo de las farsas”.

Planteamientos de interpretación

  • En opinión de Erasmo de Rotterdam, amigo de Moro, este escribió Utopía para mostrar por qué Inglaterra estaba mal. El texto contiene consejos velados para el rey inglés Enrique VIII. Moro también se inmiscuye –de manera encubierta– en política.
  • Moro hace críticas, pero no dirigidas directamente a los poderosos, porque supuestamente él es solo el relator. Su diálogo con el ficticio Hitlodeo le da la oportunidad de mostrar posiciones radicales, pero distanciado de ellas. La forma textual del recuento de un viaje ficticio le permite describir bastante gráficamente y con mucha fantasía una teoría de Estado.
  • Todo un filósofo del Renacimiento, Moro retoma en Utopía una antigua corriente filosófica: el epicureísmo. El filósofo griego Epicuro había convertido el principio de placer en un objetivo de vida. Moro extiende este concepto de placer al “placer en el cumplimiento del deber”, es decir, placer en una vida sensata subordinada gustosamente al bien común.
  • Moro no busca un estado humano primitivo ideal (“volver a la naturaleza”, al estilo de Rousseau), sino que presenta una sociedad tecnológica y científica con un característico y elevado nivel de desarrollo.
  • Moro hace que Hitlodeo exprese ideas socialistas primitivas. Evidentemente, el portugués, al igual que Karl Marx mucho más tarde, asume que el ser determina la conciencia: si la gente está alimentada, se acabarían la codicia, el ánimo de lucro y la envidia. Este sustento se podría lograr con la renuncia a la propiedad privada, la participación de todos en el trabajo y el libre acceso a la educación y el conocimiento para cada miembro de la sociedad.
  • El individuo tiene poca privacidad y libertad en Utopía. El individualismo, que muchos ven hoy como la base y el motor de las sociedades modernas, se considera aquí innecesario, incluso, quizá perjudicial.

Antecedentes históricos

La era del Renacimiento y los descubrimientos

Tomás Moro nació en una época de cambio. En el año de su nacimiento, 1478, se imprimió el primer libro en Inglaterra e inició la era de la reproducción y divulgación de nuevas ideas; la Iglesia perdió su monopolio de interpretación para el significado del mundo. Moro pertenecía a la burguesía exitosa y respetada que intervino en los asuntos de Estado e impuso sus ideas. Conocía las ideas del Renacimiento y el humanismo, que fueron asumidas por la burguesía y llegaron a Inglaterra desde Italia a través de los Países Bajos: retorno a la Antigüedad, desvinculación del hombre de las normas medievales, búsqueda de la libertad humana, adiós a las rígidas doctrinas de la escolástica. Todo esto llevó a una visión distanciada de lo existente y a la posibilidad de pensar en alternativas. Luego siguió la Reforma y, con ella, otra sacudida a las certezas de la fe y las instituciones eclesiásticas. También en Inglaterra muchos abogaron por una renovación de la Iglesia católica desde adentro; pretendían una reforma sin separarse de Roma. Moro, profundamente creyente, era un representante de este movimiento. Además, el Nuevo Mundo entró en la imaginación de los europeos: las noticias de islas lejanas habitadas por “buenos salvajes” o “paganos malvados” y de tierras llenas de abundancia natural estimulaban la fantasía. Todo esto sirvió de caldo de cultivo para la búsqueda de una constitución social alternativa, guiada por la razón, más allá de la existente.

Origen

Tomás Moro era un hombre establecido y muy estimado, pero interiormente se distanció de su posición social y estaba en busca del ideal de una sociedad mejor. El estrecho contacto con el humanista Erasmo de Rotterdam ejerció en él una gran influencia. En 1509 Erasmo vivió largo tiempo en casa de Moro donde, estimulado por su amigo, escribió su famoso libro Elogio de la locura, que Erasmo le dedicó a Moro. En su obra maestra Erasmo mostró con humor e ironía las estructuras de gobierno y poder contemporáneas y abogó por la paz, la tolerancia y la convivencia humana. Utopía le debe mucho a las conversaciones de Moro con Erasmo. El Libro Primero de la obra se elaboró en 1516, el segundo ya se había elaborado en 1515 en Flandes, en una época en que Moro estaba en estrecho intercambio con Erasmo. Por consiguiente, escribió la historia y la constitución de Utopía antes de intercalar esta narración en la trama de fondo con la legación de Flandes y el encuentro con Hitlodeo.

Antes de que empezara su vertiginosa carrera como parlamentario y consejero real, documentó aquí su creencia optimista en la victoria de la razón. En 1516 se publicó el texto en latín bajo el título Libellus vere aureus nec minus salutaris quam festivus de optimo reipublicae statu deque nova insula Utopia (Un librito verdaderamente espléndido, no menos saludable que entretenido, sobre la mejor constitución del Estado en la nueva isla de Utopía); en 1551, el escrito se publicó en inglés.

Historia de la influencia de la obra

Moro creó el término “utopía” a partir de los términos griegos “ou” (no) y “tópos” (lugar); es decir, “el no lugar”, y le dio de esta manera una palabra nueva, “utopía”, a muchos idiomas, que en general se refiere a un ideal social, en su mayoría inalcanzable. La obra clásica de Moro ha dado una forma literaria y un nombre al pensamiento utópico de la Era Moderna y al género de la novela del Estado utópico.

Sin embargo, el primer proyecto de Estado utópico es una antigua obra de Platón, la La república, a la que también se refiere Moro en Utopía. En el Renacimiento floreció el “socialismo utópico”: las sucesoras de Utopía fueron La ciudad del sol de Tommaso Campanella (1602), con planteamientos comunistas similares a los del modelo inglés, y Nueva Atlántida de Francis Bacon (1626), que se enfocó en las ciencias naturales. En todas ellas hay una crítica a las circunstancias existentes y la búsqueda de una mejor condición social, a menudo, una condición natural. Siguieron muchas otras obras; se hizo famosa, por ejemplo, Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift de 1726, donde se mezclan la sátira política más aguda y las ideas utópicas. En el siglo XIX el género se relacionó parcialmente con la ciencia ficción (Julio Verne) y, en el siglo XX, lo siguieron utopías críticas, por ejemplo, Un mundo feliz de Aldous Huxley. Los elementos utópicos también dieron pie a la filosofía social francesa del siglo XVIII, el materialismo histórico e incluso el anarquismo. En Ernst Bloch y Herbert Marcuse se pueden encontrar utopías sociales formuladas positivamente.

Todas estas utopías viven de la tensión entre el ideal y la realidad: ¿cómo es el mundo y cómo podría ser? En su Utopía Moro aborda los temas fundamentales: la felicidad y el cuidado del individuo, la armonía de la sociedad, el gobierno significativo, la propiedad privada o la propiedad colectiva. Precisamente en Utopía deja en claro qué objetivos diferentes puede perseguir un autor con un texto utópico. ¿Moro solo sueña con una sociedad mejor? ¿Quiere despertar al pueblo revolucionariamente? ¿O aconseja al príncipe, como lo hizo Nicolás Maquiavelo casi al mismo tiempo con El príncipe, solo que menos vinculado con el poder? Las diversas lecturas unen todas las facetas de la novela utópica.

Sobre el autor

Tomás Moro nació en 1478 como hijo de un respetado juez de Londres e hizo una impresionante carrera jurídica que lo llevó a la corte del rey Enrique VIII. De niño se educó durante un tiempo en la corte del arzobispo John Morton de Canterbury. Estudió en Oxford y se convirtió en miembro de la cámara baja en 1504. En 1518 el rey lo llama a la corte como consejero. En 1523 se convirtió en orador de la cámara baja y, finalmente, en 1529 fue designado Lord Canciller. Enrique VIII envió al extranjero al talentoso jurista en delicadas misiones diplomáticas que llevó a cabo con éxito. Para gran disgusto de su padre, Moro mostró muy pronto inclinaciones literarias y escribió epigramas (poemas ingeniosos y satíricos). Conocía a los clásicos latinos y griegos y participó en el discurso filosófico del Renacimiento y el humanismo. A ello también contribuyó su estrecha amistad con Erasmo de Rotterdam, quien elogiaba a Moro como una persona extraordinaria que hacía todo por sus amigos. Moro era católico y, cuando era adolescente, consideró durante mucho tiempo convertirse en sacerdote. Pero después se decidió por la vida secular, se casó y luego una segunda vez después de la muerte de su esposa, y tuvo hijos. Permaneció fiel a la fe y a la Iglesia; se consideraba un siervo de Dios y del papa, lo que provocó un desacuerdo con Enrique VIII, que exigía la sumisión de la Iglesia a la corona y, para él, la decisión final en materia de fe, colocándose así por encima del papa. Moro se negó a seguir a su rey y renunció a su cargo. Enrique lo enjuició por alta traición y lo mandó decapitar en 1535. La Iglesia católica beatificó a Moro en 1886 y lo santificó en 1935 como a alguien que se opuso a la intromisión del Estado en los asuntos de la Iglesia y murió por ello. En el año 2000, el papa Juan Pablo II lo proclamó “santo patrón de los políticos y los gobernantes”.


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