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El mundo como voluntad y representación

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El mundo como voluntad y representación

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¿De qué se trata?

La filosofía del pesimismo: Schopenhauer expulsa a la razón del podio más alto del conocimiento y entrega al humano una fuerza de vida irracional (la “voluntad”).


Clásico de la literatura

  • Filosofía
  • Edad moderna temprana

De qué se trata

La filosofía del pesimismo

Schopenhauer es uno de los poetas entre los filósofos de Occidente. Hay muchas formulaciones maravillosas y memorables en su extensa obra maestra, El mundo como voluntad y representación. Siguiendo el ejemplo de Kant, Schopenhauer examina la capacidad cognitiva del humano y llega a la conclusión de que el mundo es una mera “representación” de los sentidos y que no podemos saber nada acerca de la verdadera naturaleza de las cosas. La fuerza impulsora del mundo y de la vida es la “voluntad” que, desligada totalmente del propósito y la razón, se ocupa de que nazcan los seres humanos y los animales, de que crezcan los árboles y los imanes se orienten hacia el norte. Con esta teoría, Schopenhauer hace tambalear la filosofía de la Ilustración, centrada en la razón, y de su modelo, Kant: si la voluntad es un poder sin fundamento, hay poca esperanza para el humano y su existencia se transforma en una fuente inagotable de sufrimiento. Solo el artista y el asceta, que renunciaron conscientemente al ciclo de la voluntad, pueden escapar de esta visión pesimista del mundo. La filosofía de Schopenhauer, casi ignorada por sus contemporáneos, desarrolló su poder solo a partir de la segunda mitad del siglo XIX e influyó de manera persistente en pensadores y artistas como Friedrich Nietzsche, Richard Wagner y Thomas Mann.

Ideas fundamentales

  • La obra principal de Schopenhauer eleva la voluntad a principio fundamental de la existencia. El pensamiento, la conciencia y el conocimiento son secundarios.
  • Schopenhauer se apoya fuertemente en la filosofía crítica de Immanuel Kant; puede ser considerado como su alumno más importante.
  • Con nuestros sentidos, nunca podemos ver el mundo como realmente es. El mundo no es más que una “representación” que nos entregan nuestros sentidos.
  • Solo hay una verdad a priori que tiene validez sin ayuda de nuestra percepción: solo puede existir un sujeto si hay también un objeto al que pueda referirse.
  • Hay una diferencia entre entendimiento y razón: el entendimiento asigna impresiones sensoriales a todos los seres vivos, mientras que la razón produce solo el pensamiento abstracto y teórico en los seres humanos.
  • La voluntad es la fuerza que posibilita y estimula toda la vida. No tiene fundamento y no está sujeta a las leyes de espacio, tiempo y causalidad.
  • Todas las manifestaciones o representaciones son “objetivaciones” de la voluntad. El propio cuerpo es para el humano la manifestación más inmediata de la voluntad.
  • La vida no es más que una muerte constantemente aplazada: la vida es sufrimiento.
  • La voluntad hace esclavo al humano de sus impulsos y deseos. Solo aquel que renuncia conscientemente a estas fuerzas puede escapar del ciclo.
  • Schopenhauer es uno de los pocos filósofos occidentales que también utilizó doctrinas budistas e hinduistas.
  • Fue el primero en descubrir –incluso antes que Freud– lo oscuro, inconsciente e irracional como principio de vida.

Resumen

El mundo como representación

Entre las verdades que se aplican a todo ser vivo está la declaración: “El mundo es mi representación”. Por todo lo que sabemos del mundo y de los objetos que se encuentran en él, sabemos acerca del desvío de nuestros sentidos. Nunca podemos decir “las piedras son grises”, sino solo “mis ojos me dicen que estas piedras parecen grises”. Nuestros sentidos son las herramientas con las que percibimos las impresiones, pero también son los obstáculos que se interponen en el camino de la percepción directa y sin trabas. Por ello nunca podemos ver el mundo como realmente es. El mundo que nos rodea es una representación que formamos a través de nuestros sentidos y nuestro entendimiento.

Más allá de Kant

En su Crítica de la razón pura, Immanuel Kant discutió extensamente los conocimientos a priori. Se trata de conocimientos que tienen validez sin la influencia de nuestra percepción. Kant llegó a la conclusión de que, en particular, las categorías espacio y tiempo pertenecen a este ámbito: sin importar lo que sea que se represente, debe ser colocado de alguna manera en el espacio y pensado en el tiempo. Pero lo que Kant no ve es que el espacio y el tiempo también deben someterse al principio de la causalidad. El “principio de razón suficiente” (una de las cuatro máximas de la lógica formal clásica) significa que un sujeto cognoscente solo puede existir si hay un objeto reconocido, y viceversa. Puesto que ahora el humano supone que cada fenómeno que encuentra se desencadena por otra cosa, automáticamente construye en esta suposición el espacio y el tiempo. Así, estos se derivan de la causalidad. El principio de razón suficiente es, por tanto, la única verdad a priori:

  • Todo lo que el sujeto percibe del mundo es objeto.
  • Los objetos, a diferencia del sujeto en sí, forman parte del espacio y el tiempo.
  • Los objetos son imágenes del mundo como las “representa” nuestro entendimiento.
“El mundo es mi representación’: esta es la verdad que vale para todo ser viviente y cognoscente””.

Esto lleva al hecho de que el ser humano, en cuanto sujeto, también tiene que reconocer su propio cuerpo en cuanto objeto. El espacio y el tiempo no se pueden reconocer per se, solo se perciben los cambios que tienen lugar mediante la influencia del espacio y el tiempo. Tales cambios ocurren en un medio, la materia. Por ejemplo, un árbol crece y se vuelve más grande (tiempo). Si un trabajador lo derriba, también ocurre un cambio de ubicación. La materia es, por consiguiente, el resultado de la acción de la causalidad. Por otra parte, el entendimiento solo está allí (también se podría decir que solo sirve) para reconocer esta causalidad. Sin embargo, no hay causalidad entre el sujeto y el objeto: solo se puede decir que un objeto debe existir si hay un sujeto, ¡pero no “por qué”!

El entendimiento y la razón

Todo ser vivo tiene un entendimiento que organiza sus impresiones sensoriales. En cambio, la razón solo la posee el humano. Con ayuda de la razón se puede, en un nivel superior de conciencia, hacer reflexiones que no pertenecen a la mera mediación del mundo interno y externo. La razón faculta al humano para el pensamiento abstracto, para la simple imaginación de las posibilidades. Mientras que los animales solo perciben el aquí y el ahora, el humano vive simultáneamente en el presente, el pasado y el futuro. Sin embargo, esto implica que sufre más y debe soportar a ojos vistas la agonía de su existencia. El humano puede acumular saber. Esto sucede de la siguiente manera: la razón reconoce las imágenes de la percepción, posiblemente corregidas y traducidas por la razón en conceptos abstractos. Estos se transforman en juicios y quedan permanentemente disponibles. Esto es el saber o el conocimiento abstracto. El saber tiene siempre validez universal. Por el contrario, el conocimiento intuitivo es espontáneo y, tal vez, solo tiene validez para un caso muy especial. En él se aplica el entendimiento, pero no la razón. En cambio, el conocimiento abstracto necesita la razón. No sería posible, por ejemplo, construir máquinas complejas o casas completas si no tuviéramos a la razón para darnos claridad acerca de los principios de la construcción.

La acción práctica y racional

El saber abstracto siempre debe aplicarse y convertirse en saber intuitivo; de lo contrario, se volverá polvoriento y sin vida. Los seres humanos se caracterizan por el hecho de llevar una vida concreta y abstracta al mismo tiempo. Si, en virtud de nuestra razón, podemos anticipar en el pensamiento lo que, por ejemplo, esperamos en un duelo, ajustamos nuestras acciones en consecuencia. Esto se llama razón práctica. Pero la sola posibilidad de la anticipación y la planificación todavía no implica que estas acciones racionales también tengan que ser racionales en el sentido moral: el humano puede planificar tanto el bien como el mal. La acción racional de ninguna manera es siempre también una acción virtuosa.

El mundo como voluntad

El humano está unido al mundo a través de su cuerpo. Puesto que, en cuanto sujeto, experimenta su cuerpo en cuanto objeto, surge la pregunta de cómo puede, en realidad, controlar su cuerpo si es un mero objeto (es decir, una representación). Para explicar esto hay que extender la teoría a la voluntad. La voluntad controla el cuerpo. No se trata de una acción consciente de la voluntad en el uso habitual del lenguaje, sino de la fuerza vital o energía vital. La voluntad controla no solo el cuerpo humano, sino a todos los seres vivos. Si, por ejemplo, bebemos algo, se trata a la vez de una acción de nuestro cuerpo (que podemos observar) y de un acto de voluntad. Sin embargo, ambos, el acto corporal y el volitivo, no están ordenados según el principio de causalidad, sino que son uno y el mismo: al mismo tiempo, directamente conectado e indispensable. Los actos de voluntad son, por así decirlo, la vida por antonomasia. Nuestro cuerpo es, por consiguiente, la “objetividad de la voluntad”: la manifestación visible y observable de un principio de vida invisible e inobservable. Nuestro cuerpo lleva una doble existencia: como una representación de nuestro entendimiento y como voluntad.

La voluntad como “cosa en sí”

No solo el cuerpo refleja la voluntad, sino también cada fenómeno natural. La voluntad, incluso sin fundamento, reina en todas partes: se ocupa de que la piedra caiga al suelo, de que haya vida en todas partes, los cristales crezcan y los imanes se orienten hacia el norte. La voluntad es una fuerza universal. Es la “cosa en sí” que Immanuel Kant considera inexplicable. Kant le niega al entendimiento humano la capacidad de reconocer el ser real detrás del mundo de los fenómenos. En su concepción del mundo, la “cosa en sí” permanece oculta a los sentidos. ¡Pero esta “cosa en sí” no es otra que la voluntad! La causalidad de la voluntad permanece oculta, aunque cualquiera puede reconocer su efecto o sus manifestaciones.

“Aquello que todo lo conoce y de nada es conocido, es el sujeto””.

La voluntad es el principio fundamental de la existencia y genera todos los efectos y seres en el mundo. La voluntad no está sujeta al principio de razón suficiente, es independiente del espacio, el tiempo y la causalidad. Es la unidad que produce cada multiplicidad. La voluntad se puede comparar más o menos con el entendimiento humano: esto no es algo que se pueda asir con las manos, sino un concepto abstracto. Pero cuando la gente utiliza su entendimiento, puede calcular, planificar, inventar, y más, una multitud de cosas. Lo mismo sucede con la voluntad. Además, la voluntad es absolutamente libre e independiente. Pero la libertad de la voluntad no es idéntica a la libertad de las acciones humanas. Estas últimas siempre están sometidas a las leyes del espacio, el tiempo y la causalidad, a lo que la voluntad no.

Las leyes naturales y las ideas

En el dualismo de la voluntad y la representación todavía hay un fenómeno que, en cierto sentido, asume una posición intermedia: las ideas. Estas incluyen las leyes naturales, que son las mismas en todas partes. Si, por ejemplo, se quema cualquier objeto, entonces la fuerza natural del “quimismo”, si se cauteriza con ácido, produce el “galvanismo” y, si se desvía con un imán, el “magnetismo”. La ley natural es independiente del espacio y el tiempo, pero siempre se manifiesta en una combustión, cauterización o desviación. Las tres fuerzas ejemplificadas de la naturaleza no tienen que actuar en sucesión, sino que también pueden hacerlo simultáneamente, porque en la naturaleza existen constantemente luchas y conflictos: cada elemento lucha con el otro, cada cuerpo debe desafiar a la inercia y cada ser vivo debe destruir a otros para seguir existiendo.

“Este mundo como representación existe solamente por y para el entendimiento””.

Las ideas no son la “cosa en sí”. Se “postdividen” en la “cosa en sí” (es decir, la voluntad), pero se “predividen” en el mundo de los fenómenos (o representaciones). Son una etapa intermedia y también una forma superior de conocimiento. Si una persona quiere anular su apego a la representación, obtener un mayor nivel de conocimientos y mirar las ideas, solo lo consigue a través del camino de la contemplación: una inmersión casi mítica y una unificación con el objeto de la contemplación. A través de la contemplación, el humano puede liberarse por un breve momento de su existencia determinada por la voluntad, detenerse y comprender la verdadera manera de ser, las ideas detrás de las representaciones. El medio con el que se puede lograr esto es el arte. A diferencia de la ciencia, que corre de un conocimiento a otro, pero que nunca puede entender las ideas, el arte se detiene en los elementos individuales, en la singularidad, en la idea de un objeto. Sobre todo, lo hace el artista genial, que puede entender la idea en una obra de arte –pero también casi cualquier persona tiene ese poder en sí–, lo que le permite en general disfrutar del arte y mirar y considerar las ideas.

La belleza y la sublimidad

El artista es un mediador y su obra de arte, un “medio de facilitación” que le permite al espectador ver las ideas. Solo en la contemplación del arte puede el humano, por así decirlo, detener el tiempo y sustraerse temporalmente del servicio esclavo de la voluntad. El impulso constante del querer y el deseo nunca se puede cumplir a través de la satisfacción de las necesidades porque permanecen abiertos muchos más deseos y siempre surgen nuevos. La vida es, por tanto, una insatisfacción y un sufrimiento constantes. Solo aquellos que escapan del ciclo del querer y el deseo pueden interrumpir el sufrimiento, al menos temporalmente. Las obras de arte pueden ser bellas o sublimes. Son bellas cuando incitan a percibir la idea expuesta; son sublimes cuando cautivan a todo el ser del humano y le muestran su futilidad, por ejemplo, ante una tormenta impetuosa, representada artísticamente. No solo las artes visuales, sino también la literatura y la poesía tienen el poder de dejar que el sujeto participe en las ideas. La música aun más: en ella, la actuación de la voluntad se expresa directamente, sin que represente determinadas ideas.

La compasión y la negación de la voluntad

El humano siempre está sujeto a la ley de la causalidad en sus acciones. Toda la vida es un ser agitado que recorre el ciclo interminable de querer y deseo. En realidad, la muerte no es más que una “muerte aplazada”, porque la muerte nos ha tenido en sus garras desde el primer minuto de vida. La vida es sufrimiento. Ningún burdo optimismo, ninguna religión y ninguna mitología autoconstruida pueden proteger al humano de esta amarga verdad. Aquellas personas que aprueban sin reservas la voluntad activa y la dejan reinar, son víctimas del egoísmo: el sujeto percibe todo en el mundo como si existiera solo por sí mismo. La razón, sin embargo, faculta al humano para la compasión. Ya conoce el sufrimiento de su propia experiencia y, por tanto, puede generalizar y comprender el sufrimiento de otros seres vivos. Si esta compasión lleva a que las acciones propias estén a favor del otro, se rompe el círculo vicioso del egoísmo. El humano siente que su sufrimiento y el de los demás tienen como fuente la misma voluntad. Solo entonces puede seguir el camino de la justicia y la virtud. En última instancia, sin embargo, solo el asceta, que voluntariamente renuncia a sus instintos, puede escapar de la voluntad y del sufrimiento del mundo.

Acerca del texto

Estructura y estilo

La obra principal de Schopenhauer se divide en dos grandes partes: los cuatro libros de 1819 (651 páginas) y los “complementos”, entregados en 1844, que también llenan cuatro libros (776 páginas). Sin embargo, el núcleo del trabajo son los cuatro libros de la primera publicación. Schopenhauer examina aquí con gran amplitud las cuatro áreas de la representación (epistemología), la voluntad (metafísica), el arte (estética) y la afirmación/negación de la voluntad (ética). Además, en un apéndice expone en detalle las posiciones de Kant. Schopenhauer plantea tres demandas desde el comienzo de su obra: el lector podría leer el libro dos veces y, además, debe leer primero la disertación de Schopenhauer sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, que considera como una base indispensable; además, el lector debe estar ampliamente familiarizado con la teoría kantiana. Asimismo, las muchas citas en griego, latín, inglés, francés e italiano dan testimonio de la extraordinaria erudición del autor, pero exigen mucho del lector. Análogamente difícil resulta la lectura, que requiere mucha paciencia, perseverancia y conocimiento. Aunque Schopenhauer es considerado –con razón– como un “filósofo poético”, sus oraciones intrincadas y complejas exigen un extenso proceso de familiarización para el lector actual.

Planteamientos de interpretación

  • Schopenhauer es uno de los pocos filósofos de Occidente que también incorporó las filosofías orientales en sus propias teorías. Los Upanishads, los libros sagrados del hinduismo, y los escritos del budismo desempeñan un papel importante para Schopenhauer. La idea del “nirvana” se asemeja al estado de desvinculación de la voluntad descrito por Schopenhauer.
  • La filosofía de Schopenhauer se apoya fuertemente en Immanuel Kant, quien afirmaba que hay un área (la “cosa en sí”) que el humano nunca puede comprender debido a sus categorías insuficientes de conocimiento. Todo lo que podemos reconocer son los fenómenos o las manifestaciones (en Schopenhauer: representaciones). Schopenhauer reclama ahora haber encontrado la “cosa en sí” kantiana: la voluntad.
  • El pesimismo en la filosofía de Schopenhauer es la consecuencia lógica de sus suposiciones. El saber y el conocimiento no pueden sacar al humano del sufrimiento. Por el contrario, a causa de la capacidad cognitiva del humano su percepción del sufrimiento incluso aumenta. El genio sufre más.
  • Para Schopenhauer la voluntad está detrás de todo; es el principio metafísico fundamental por excelencia. El amor sexual entre las personas también es una expresión muy particular de la voluntad. Según Schopenhauer el hombre y la mujer se encuentran únicamente porque la voluntad –como instinto de reproducción– causa la conservación de la vida. Todas las representaciones de amor romántico son una mera ilusión precisamente para ese propósito.
  • Schopenhauer es un precursor de la psicología. Descubrió lo inconsciente e irracional como un principio importante de vida y se destacó entre todos los demás filósofos que se centraron en el pensamiento, la mente y la racionalidad.
  • Ve el arte como un remedio para la presión de la voluntad y el ciclo del deseo. A través de una “evasión” en la contemplación y el placer estético se puede uno escapar de la voluntad. En esta concepción el artista es un sabio genial, el proclamador de una existencia más allá del sufrimiento humano.

Antecedentes históricos

El Idealismo alemán

Por lo general, la muerte de Arthur Schopenhauer pone el punto final al llamado Idealismo alemán. Se trataba de una filosofía centrada en el entendimiento, la mente y la idealización. El punto de partida fue la filosofía crítica de Immanuel Kant, que analizó la capacidad cognitiva del humano, pero tuvo que darse por vencido en el conocimiento de lo incondicional y lo trascendente (la “cosa en sí”). Aquí comienzan los idealistas alemanes. Querían conseguir una capacidad cognitiva ilimitada y absoluta. La figura clave de esta orientación fue Georg Wilhelm Friedrich Hegel, en cuya filosofía la razón tenía una gran importancia. Hegel veía al mundo entretejido por una “razón del mundo” o un “espíritu del mundo”. Además de Hegel, Johann Gottlieb Fiche y Friedrich Wilhelm Joseph Schelling fueron otros representantes importantes del Idealismo alemán.

Schopenhauer estaba convencido de que era un genio e informaba esto sin modestia alguna. Encontró palabras igualmente claras para su rechazo al Idealismo y especialmente a Hegel: “Hegel, un vulgar, necio, asqueroso, repulsivo e ignorante charlatán que, con una desfachatez sin precedentes, compiló atropelladamente la locura y el absurdo, lo que sus venales seguidores y los tontos tomados por sorpresa proclamaron como sabiduría inmortal, ha tenido como consecuencia la ruina intelectual de toda una generación académica”. Aunque ambos filósofos sospechaban que una fuerza primigenia actuaba en el mundo, Hegel la consideraba totalmente positiva (“espíritu del mundo”), mientras que Schopenhauer reconocía en la voluntad una fuerza impulsora neutral, si no es que negativa: una energía ciega que no lleva consigo ningún rastro de razón. La irracionalidad de la voluntad es la piedra angular del pesimismo de Schopenhauer: la vida impulsada por la voluntad es sufrimiento, una lucha perpetua entre devorar y ser devorado, un ciclo natural sin esperanza de dolor y sufrimiento.

Origen

“Mi obra es, por tanto, un nuevo sistema filosófico, pero nuevo en todo el sentido de la palabra: no una nueva presentación de lo que ya existe, sino una serie de pensamientos del más alto grado que nunca antes había llegado a una cabeza humana”, escribió Schopenhauer a su editor Brockhaus en 1818, el año de impresión. La declaración expresa rotundamente que el filósofo estaba convencido de que su libro sería un “gran éxito” y revolucionaría los patrones de pensamiento usuales de su época. Estaba firmemente convencido de que la posteridad le erigiría un monumento. Le envió una nota al tipógrafo del manuscrito en la que le advertía que no debía atreverse a cambiar nada ni en su estilo ni en su puntuación. Schopenhauer sopesó cada palabra con exactitud, era una cuestión muy importante para él que todo llegara al lector como él lo decía. La arrogancia de Schopenhauer hacia otras personas (especialmente las mujeres) fue quizá un desfogue de su perfeccionismo. Esto también significó que, aun después de la publicación, Schopenhauer continuara trabajando en su obra principal y, más de 20 años después, publicara los complementos, cuya extensión le hace sombra al original.

Historia de la influencia de la obra

“Solo espero que mi temor a imprimir papel de desecho con su trabajo no se haga realidad”, le escribió Brockhaus, su editor. Lamentablemente, su presentimiento se cumplió al principio. El libro yacía como plomo en los estantes de los vendedores. Casi no hubo reseñas de la obra. A pesar de las elogiosas palabras de Johann Wolfgang Goethe, sus contemporáneos no prestaron atención al sistema filosófico de Schopenhauer. Lo mismo sucedió con sus complementos, que publicó en 1844. El gran momento de Schopenhauer no comenzó sino hasta la primera mitad del siglo XIX: solo después de la publicación de Parerga y paralipómena (1851) –escritos filosóficos menores que se convirtieron en un gran éxito y que contienen sus famosos aforismos– los lectores finalmente se interesaron en El mundo como voluntad y representación.

La influencia de Schopenhauer y el efecto de su obra principal pueden describirse hoy como muy grandes. Influyó decisivamente en el filósofo de la vida Henri Bergson que, con su principio de la fuerza creadora (élan vital) se opuso a la teoría mecanicista de la evolución de Charles Darwin. Friedrich Nietzsche estudió la obra de Schopenhauer y adoptó el concepto de la voluntad, pero modificó su carácter más bien negativo a una “voluntad de poder” positiva. Schopenhauer abrió la mirada al inconsciente humano (impulso contra razón), por eso, Sigmund Freud lo llamó su precursor. El filósofo Eduard von Hartmann tomó los impulsos de Schopenhauer y desarrolló a partir de ellos su “filosofía del inconsciente”. La filosofía de Schopenhauer también inspiró a músicos como Richard Wagner, pintores como Giorgio de Chirico y escritores como Thomas Mann.

Sobre el autor

Arthur Schopenhauer nació en Danzig el 22 de febrero de 1788. Cuando tenía cinco años la familia se mudó a Hamburgo. Su padre era uno de los comerciantes reales de la ciudad comercial de Danzig. Como hijo de un comerciante, también tenía que ser comerciante. La empresa familiar se disolvió después de la muerte accidental del padre en 1805. En ese momento Schopenhauer todavía estaba estudiando una carrera de comercio, pero luego siguió sus intereses intelectuales y, a partir de 1809, estudió filosofía en Gotinga, donde se dedicó, entre otros, a los pensadores antiguos y a Kant. En 1811 fue a Berlín y se convirtió en discípulo de Friedrich Schleiermacher y Johann Gottlieb Fichte, de quienes pronto se distanció. Dos años después terminó su disertación De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. Se trasladó a Weimar y finalmente a Dresde y se dedicó a la teoría de los colores de Goethe, la cual honró en un ensayo Sobre la visión y los colores (1816). Además del estudio de Kant y Platón, Schopenhauer también se ocupó de la filosofía india. En 1819 apareció en Dresde la primera parte de su obra principal El mundo como voluntad y representación. Arthur Schopenhauer murió el 21 de septiembre de 1860 en Fráncfort del Meno.


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