Resumen de Investigación sobre el entendimiento humano

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Investigación sobre el entendimiento humano resumen de libro

Clásico de la literatura

  • Filosofía
  • Ilustración

De qué se trata

Experiencia práctica en vez de especulación metafísica

David Hume no tuvo éxito con su Tratado de la naturaleza humana, así que apenas diez años después, lo intentó de nuevo. Su obra más rigurosa y legible, Investigación sobre el entendimiento humano, que apareció en 1748, tampoco contribuyó a la esperada carrera académica del filósofo escocés; sin embargo, su mejor publicidad resultó ser el hecho de ser controvertida y haber sido atacada agudamente por su presunto ateísmo por los representantes eclesiásticos. Hasta la fecha, el escrito que despertó a Kant, según sus propias palabras, de su “sueño dogmático” sigue siendo uno de los textos más importantes e influyentes de la historia de la filosofía. Como empirista que confía solo en sus propios sentidos y experiencias, Hume ilumina la capacidad cognitiva humana y sus limitaciones. En lugar de hacer especulaciones metafísicas, debemos limitarnos a investigar las cosas cotidianas, exige. A pesar de toda la agudeza analítica, la obra elegantemente escrita nos recuerda que la filosofía debe estar, ante todo, para el hombre.

Ideas fundamentales

  • La Investigación sobre el entendimiento humano es la obra principal del filósofo escocés David Hume.
  • Contenido: Solo creemos que el sol saldrá mañana porque siempre ha sido así; no podemos saberlo con seguridad ni justificarlo racionalmente. Solo la experiencia lleva al hombre a aceptar ciertas cosas como hechos y sacar conclusiones causales. A través de la vida su entendimiento lo guía menos que su instinto.
  • Al igual que John Locke, David Hume aplicó los métodos experimentales de la ciencia antropológica.
  • Veía en el escepticismo una corriente de pensamiento filosófico adecuada que, sin embargo, no tiene ninguna utilidad para la vida.
  • A pesar de la agudeza intelectual y la abstracción, Hume escribe muy pragmáticamente.
  • Pide a las personas que investiguen las cosas cotidianas en lugar de perderse en especulaciones metafísicas.
  • Los críticos contemporáneos acusaron a la obra de ateísmo y desmoralización.
  • La Investigación sobre el entendimiento humano de Hume contribuyó considerablemente a la fundamentación de la epistemología moderna.
  • La obra despertó a Immanuel Kant de su “sueño dogmático” y lo animó a realizar investigaciones propias.
  • Cita: “Sé filósofo, pero en medio de toda tu filosofía, ¡sigue siendo un hombre!”

Resumen

Dos tipos de filosofía

La filosofía abstracta y pura, que en general se considera pesada e inaccesible, se distingue de la filosofía ligera y práctica, que captura en bellas palabras la sabiduría mundana meramente trivial. Un buen filósofo debe combinar las ventajas de ambas maneras de pensar para luchar contra la ignorancia común, expulsar la superstición de la mente y hacer espacio para la razón. Sus pensamientos deben ser claros y comprensibles, pero al mismo tiempo no deben perder su verdad y profundidad.

Impresiones e ideas

También en las percepciones de la mente se pueden distinguir dos tipos: por un lado, las vívidas impresiones que surgen cuando vemos u oímos, sentimos o deseamos, amamos u odiamos algo; por el otro, las ideas de estas impresiones, que solo proporcionan una copia débil de las percepciones sensoriales y que, esencialmente, se desprenden de ellas. Un ciego no puede imaginar los colores y un dócil no puede imaginar el sentimiento de venganza, y alguien que nunca ha bebido vino, no tiene idea de su sabor. Todas nuestras ideas están conectadas por la semejanza, la contigüidad o el principio de causa y efecto, con los cuales nuestros pensamientos forman largas cadenas de asociaciones que, en general, hacen posibles las consideraciones o conversaciones ordenadas. Incluso los sueños y las fantasías, que al principio pueden parecer absurdos, es posible explicarlos siempre lógicamente de esta manera.

El principio de causa y efecto

El descubrimiento de hechos como que los imanes atraen o el fuego genera luz y calor no se basan en el resultado de un entendimiento abstracto, sino siempre en la experiencia. Nos inclinamos a dar por hecho las leyes naturales y otras cosas de la vida cotidiana que nos son familiares. Al hacerlo olvidamos fácilmente que solo a través de la experiencia conocemos el principio subyacente de causa y efecto. No sabemos a priori, es decir, racionalmente, que una piedra que sostienes en lo alto y sueltas caerá, sino que solo lo sabemos porque lo hemos observado una y otra vez. De la experiencia del pasado concluimos que las cosas serán de la misma manera en el futuro, por ejemplo, que el sol saldrá mañana. La costumbre, como una especie de instinto que regula todo nuestro comportamiento y hace posible la convivencia humana, nos enseña el principio de causa y efecto, pero no podemos justificarlo racionalmente. Incluso si buscamos muy atrás el origen de las causas y atribuimos un hecho al otro, la causa que subyace en todas las causas está en la oscuridad. Las cosas últimas permanecen vedadas a la razón humana para siempre.

La fe reemplaza al conocimiento

La fe es una idea, un producto de la imaginación. Se diferencia de la invención pura en que es más intensa y consistente que esta e influye más en nuestras acciones. La visión de imágenes y objetos sensoriales estimulan el poder de la imaginación, lo que la Iglesia católica utiliza, por ejemplo, cuando usa símbolos, reliquias y rituales para apoyar a sus seguidores en sus supersticiones. Sin embargo, para que este efecto reforzador de las imágenes mentales pueda desplegar su influencia, ya se debe creer en algo antes.

“Sé filósofo, pero en medio de toda tu filosofía, ¡sigue siendo un hombre”!

Todas nuestras ideas son simples reproducciones de impresiones reales. Entonces, no se puede pensar en algo de lo que no se tuvo antes alguna impresión. Sin embargo, la fuerza o influencia que despliega un objeto permanece oculta a los sentidos. Así, la apariencia externa de una bola de billar no revela nada acerca de que, una vez activada, puede poner en movimiento una segunda bola. Asimismo, la fuerza de voluntad con la que movemos un músculo de nuestro cuerpo es incomprensible para nosotros. Podemos observar que ciertos acontecimientos siguen regularmente a otros acontecimientos y así, crean un vínculo entre los dos en nuestro pensamiento. Esto lo llamamos causa y efecto, pero no podemos explicarlo. Algunos filósofos atribuyen inmediatamente todas las cosas a Dios sin darse cuenta de que están disminuyendo su potencia creativa. Porque un Dios verdaderamente todopoderoso no tendría que intervenir constantemente en el engranaje del mecanismo que creó, sino que habría dotado a las criaturas con sabia previsión. ¿De qué manera debería funcionar esta fuerza de voluntad divina? No podemos imaginarlo ni tampoco la fuerza o la energía mediante la cual interactúan los cuerpos.

Libertad o necesidad

Así como en la naturaleza hay uniformidad y regularidad, los impulsores de la acción humana son iguales en el tiempo y el espacio. A pesar de las diferencias de carácter, la experiencia en el trato con las personas nos lleva a derivar reglas y predicciones acerca de su comportamiento futuro. La vieja disputa filosófica sobre la libertad o necesidad de la acción humana se basa únicamente en una definición imprecisa del concepto. Nadie negará en serio que ciertas motivaciones y circunstancias, características e inclinaciones siempre conducen a determinados actos de voluntad. Solo esta uniformidad de causa y efecto –llamémosla necesidad tranquila– es la que hace que el comportamiento humano sea calculable. La vida en la comunidad, nuestra política, la moral y las leyes se basan en este principio.

“La precisión siempre beneficia a la belleza, y el razonamiento correcto al sentimiento delicado”.

La recompensa y el castigo, la culpa y la venganza serían absurdos si no se supone que una persona actúa de una u otra manera de acuerdo con su carácter y que también es responsable de sus acciones. Cualquiera que objete que cada acto humano puede atribuirse, en última instancia, al creador del mundo, culpa a Dios de los crímenes del hombre y niega la perfección divina. Por el contrario, la suposición de los estoicos de que todo el sufrimiento individual es bueno en relación con el todo es pura especulación y ofrece escaso consuelo a los que sufren dolores. Asimismo, la opinión de que las acciones que dañan a alguien pueden ser útiles en la visión de conjunto contradice el sentimiento natural de las personas. Cualquiera que haya robado una cantidad considerable de dinero no estará satisfecho con tales explicaciones filosóficas apartadas de la realidad. El vicio y la virtud deben describirse honestamente y sin sutilezas filosóficas. La filosofía nunca van a responder satisfactoriamente la eterna y gran pregunta de cómo se pueden conciliar la Divina Providencia y el libre albedrío humano.

La fuerza del instinto

Los animales observan su entorno y reúnen experiencias. Al igual que los niños y la gran mayoría de los adultos –también los filósofos en su vida cotidiana– no sacan conclusiones complicadas de sus observaciones. La costumbre es la que le enseña al perro que un látigo levantado para golpear le causará dolor y manejará su comportamiento en consecuencia. En los animales entra en juego, además, el instinto, que admiramos y nos asombra. Pero también el comportamiento humano está controlado por una especie de instinto, por una fuerza mecánica en nuestro interior que nos permite aprender de la experiencia y para la cual, en última instancia, no tenemos explicación.

No existen los milagros

La doctrina de la presencia encarnada de Jesucristo durante la Eucaristía contradice todas las reglas de la probabilidad. Se trata incluso de un milagro, es decir, una violación a las leyes naturales que, a su vez, se basan en la observación de experiencias constantemente recurrentes y uniformes. Si una persona en apariencia sana muere de manera súbita, es inusual, pero no es de extrañar, porque ya se ha observado esporádicamente algo similar. Sin embargo, si un muerto repentinamente cobrara vida de nuevo, eso sería un milagro, porque nunca hubo testigos creíbles de algo así en ninguna parte del mundo. Nunca ha sucedido algo de tal índole en la naturaleza y eso solo es la prueba contundente de que este milagro no existe, al menos hasta que alguien pueda probar lo contrario con total certeza.

“La oscuridad es tan penosa para la mente como lo es para el ojo; pero sacar luz de la oscuridad, sin importar lo difícil que sea, solo puede ser agradable y satisfactorio”.

Precisamente porque los milagros contradicen todas las experiencias, las personas están dispuestas a creer en ellos. Los informes al respecto sacian su curiosidad y sensacionalismo naturales. Aun más que los informes de viajes y aventuras, los relatos religiosos de milagros sorprenden a las personas de una manera agradable y estimulan su fantasía. Se extienden como chismes; hay poco espacio para la razón. El mero hecho de que tales incidentes sobrenaturales sean transmitidos por pueblos bárbaros e ignorantes habla en contra de su existencia. Cuanto más nos acercamos al presente ilustrado de la historia, más escasos son los testimonios de sanaciones milagrosas, oráculos y juicios divinos. Al igual que todos los informes fraudulentos de supuestos incidentes asombrosos que en algún momento fueron puestos al descubierto, también las historias sobre milagros religiosos no son más que mentiras… solo que han caído en terrenos más fértiles.

Las mentiras de la religión

Todas las religiones populares no son más que un engaño. Mientras todavía estén en sus primeras etapas, a los eruditos no les importa y, en cualquier momento, por falta de pruebas y testigos, ya es demasiado tarde para sacar a la luz las mentiras. Incluso si muchas personas testificaran de manera creíble la resurrección de un muerto, en realidad, este no podría haber muerto, porque eso contradiría las leyes naturales. Una religión que se base en tal engaño no merece nuestra atención, sea cual sea el esplendor que despliegue. La religión es una cuestión de fe, y todos los intentos para defenderla con argumentos sólidos la dañan más de lo que la benefician. Las historias contadas en la Biblia son cuentos de hadas que la razón no puede resolver. Los que todavía creen en ella lo hacen contra todos los principios de su entendimiento.

“En resumen, todos los materiales del pensamiento se derivan de nuestra percepción externa o interna”.

Cualquier declaración sobre las características del divino Creador, en quien reconocemos al autor de toda la existencia, es meramente hipotética. No sabemos nada sobre Dios, sino que solo conocemos los efectos que podemos observar en los fenómenos de la naturaleza. Ni en la naturaleza ni en la razón hay fundamento para la gran bondad y sabiduría que nuestra religión le atribuye al Creador. Si se trata de la acción humana, podemos inferir muy bien a partir de la experiencia de los efectos en las causas y las intenciones; sin embargo, sobre una intención divina solo se pueden hacer suposiciones. Pero los creyentes transfieren principios y atributos humanos, como por ejemplo la perfección, a un ser superior que nos es ajeno y que puede compararse con nosotros menos que el sol con una vela. Si partimos de la perfección divina, tampoco podemos explicar satisfactoriamente el mal en el mundo, la imperfección y la desgracia del hombre.

La vida y el pensamiento en el aquí y el ahora

En lugar de especular preguntas sobre el origen de los mundos, que de todos modos no podemos responder, deberíamos abordar los aspectos prácticos de la convivencia humana y la política. Un requisito previo de toda filosofía es un cierto escepticismo frente a prejuicios y opiniones, incluidos los propios. Sacar conclusiones de principios claros y revisarlos una y otra vez es el único camino que lleva a la verdad, aunque pueda ser fastidioso. Visto desde un punto de vista puramente filosófico, es correcto poner en duda la fiabilidad de las experiencias sensoriales y, por consiguiente, la existencia de un mundo exterior. Únicamente nuestro poderoso instinto nos permite suponer que existe un mundo exterior confiable que no depende de nuestra percepción; de lo contrario, absolutamente no podríamos vivir. El escepticismo puede ser adecuado en círculos de eruditos, pero contradice nuestras experiencias cotidianas y no ofrece beneficios sociales de ningún tipo. Básicamente, la investigación debe ocuparse de cosas familiares de la vida cotidiana basadas en la experiencia. Se adaptan mejor a nuestro sentido limitado que las ambiciosas investigaciones metafísicas del espacio, el tiempo y la eternidad.

Acerca del texto

Estructura y estilo

La Investigación sobre el entendimiento humano de David Hume está dividida en doce secciones, algunas de las cuales pueden leerse como ensayos independientes. La primera y la última sección forman una especie de texto marco en el que Hume se expresa fundamentalmente sobre diferentes tipos de filosofía y sus posibilidades. Mientras que en la primera mitad del libro esboza su teoría sobre el conocimiento empírico, en la segunda tienen prioridad las cuestiones de metafísica y filosofía de la religión. Al reflexionar ya sea sobre el origen de la cognición humana o el libre albedrío y el milagro, el impulso ilustrado de Hume siempre es patente. A pesar de la abstracción y sistematicidad de la compleja construcción del pensamiento, cada línea habla del deseo de ser entendido y no solo de filosofar para un círculo cerrado de eruditos. Una y otra vez Hume recurre a ejemplos de la vida cotidiana, de la teoría del color y la poesía, la medicina y la física, para fundamentar su teoría. Incluso en sus ataques más vehementes, mantiene una distancia amable e irónica y admite abiertamente cuando roza los límites de su conocimiento.

Planteamientos de interpretación

  • Al igual que su admirado John Locke, David Hume defiende la opinión de que no hay un conocimiento a priori puramente racional de los hechos, sino que, más bien, todos los conocimientos se basan en la experiencia. Hume y Locke se oponen a la teoría de las ideas innatas defendidas por racionalistas como Descartes y Leibniz.
  • Hume perfecciona el empirismo de Locke al poner al descubierto la creencia en la causalidad como una mera ilusión. El principio de causa y efecto no es inherente a las cosas mismas, sino que se basa en una conexión subjetiva que establece la mente humana sobre la base de experiencias constantes.
  • Por George Berkeley, que defendió el idealismo subjetivo extremo, Hume supone que no hay un mundo exterior material. A diferencia de Berkeley, que reconoció el principio de ordenamiento en la mente humana dado por Dios, para Hume, la idea de identidad personal también es una ilusión: lo que reconocemos como conciencia o Yo no es más que una acumulación de impresiones sensoriales cambiantes.
  • Hume recurre repetidamente a ejemplos históricos, convencido de que los principios generales de la naturaleza humana pueden derivarse de la historia.
  • En un capítulo estructurado como un diálogo ficticio, Hume deja que el pensador antiguo Epicuro defienda la filosofía contra las acusaciones de los fanáticos religiosos. Con este alegato a favor de la libertad de pensamiento, Hume se opone indirectamente a sus críticos que habían acusado a su Tratado sobre la naturaleza humana, publicado aproximadamente diez años antes, de ateísmo y desmoralización.
  • Hume, él mismo una persona muy sociable, defiende en su escritura una imagen realista y pragmática de la humanidad. Para él, el hombre es un ser instintivo que constantemente sigue como objetivo su felicidad terrenal y la satisfacción de sus deseos.

Antecedentes históricos

La Ilustración escocesa

Todavía en el siglo XVII, Escocia era una de las regiones más pobres y atrasadas de Europa Occidental. Sin embargo, el país tenía una larga y rica tradición educativa. El presbiterianismo, una variante escocesa del protestantismo, le daba gran valor a la lectura individual de la Biblia y, con sus escuelas y bibliotecas, proporcionaba una educación literaria relativamente alta a la población; había mucho menos analfabetos que en cualquier otra parte. A través de la unión política con Inglaterra en 1707, Escocia obtuvo acceso libre a los mercados del imperio colonial británico y experimentó un auge económico. En estas condiciones económicamente favorables, el país y, sobre todo, su capital Edimburgo se convirtieron en uno de los centros más excitantes de Europa en la segunda mitad del siglo XVIII. En los clubes y trastiendas llenas del humo de los numerosos pubs de Edimburgo, se reunían científicos, abogados, agrónomos, filósofos y artistas para fomentar un intercambio libre de ideas mientras comían y bebían. A diferencia de la Ilustración francesa, que estaba dominada por unos pocos personajes destacados como Denis Diderot y Jean-Baptiste le Rond D’Alambert, este no era un círculo exclusivo con una idea unificada, sino un grupo bastante relajado de intelectuales que defendían puntos de vista muy diferentes y los discutían animadamente.

Entre los principales representantes de la Ilustración escocesa, además de su fundador, Francis Hutcheson, profesor de filosofía de Glasgow, y David Hume, había figuras tan diversas como Adam Smith, James Boswell y James Watt. A pesar de sus diferencias compartían la convicción de que, mediante la observación, era posible comprender las leyes de la naturaleza y derivar de ellas los principios del comportamiento humano y la convivencia social.

La Ilustración escocesa tomó el método experimental de Francis Bacon y el físico Isaac Newton y lo aplicó a la filosofía moral. Su objetivo era mostrarle a la gente un camino hacia la felicidad y ayudarla a mejorar sus condiciones de vida. La convivencia humana cotidiana no debería estar determinada por las promesas de la religión ni por los elevados principios de la filosofía, sino por innovaciones concretas en las instituciones políticas y económicas, en la escuela y la ciencia y en la artesanía y el comercio. Según la Ilustración escocesa, las personas deben practicar tranquilamente su religión y creer en Dios, pero en la vida diaria, deben confiar en su propio esfuerzo.

Origen

Con apenas 30 años, David Hume había escrito el Tratado sobre la naturaleza humana, que debía justificar su carrera académica, pero, para su decepción, la obra fue un fracaso. Hume atribuyó la escasa repercusión periodística –precipitada, en su opinión– de su obra de juventud, publicada en 1739, no a su contenido, sino a deficiencias estilísticas y formales. Como escribió en su autobiografía, redactó una nueva versión de su reflexión que apareció en 1748 bajo el título de Ensayo filosófico sobre el entendimiento humano y una vez más en 1758 como Investigación sobre el entendimiento humano. Según la declaración de Hume, la Investigación contiene los mismos principios filosóficos que el Tratado de tres volúmenes, pero en una presentación simplificada y más accesible. Sin embargo, también realizó correcciones en cuanto al contenido. Así, por ejemplo, reescribió por completo el capítulo sobre la creencia en los milagros.

Historia de la influencia de la obra

La Investigación sobre el entendimiento humano, a la que el propio Hume dio preferencia frente al Tratado y de la que más tarde declaró que era la presentación final de su filosofía, despertó finalmente la atención pública que se le había negado a su ópera prima. A partir de 1750 aparecieron en Inglaterra numerosos comentarios y críticas sobre el escrito, al que el Vaticano, junto con la restante obra de Hume, puso en la lista de libros prohibidos en 1761. Muchos profesores de filosofía escoceses, así como representantes de la Iglesia, atacaron duramente a Hume.

La Investigación sobre el entendimiento humano ejerció una influencia decisiva en la Ilustración de Alemania. La obra, publicada por primera vez en 1755 en traducción alemana, se discutió en muchas revistas de la Ilustración y, como dijo Moses Mendelssohn, estaba en manos de todos. Immanuel Kant confesó incluso que el escrito de Hume lo había sacado de su “sueño dogmático” y propuso más investigaciones. En la epistemología filosófica, la crítica de Hume al principio de causalidad sigue teniendo influencia en la época moderna e influyó tanto en el Círculo de Viena como en la corriente de pensamiento del racionalismo crítico fundada por Karl Popper.

Sobre el autor

David Hume, junto con John Locke y George Berkeley, es una de las figuras más influyentes de la Ilustración en Gran Bretaña. Nació el 7 de mayo de 1711 y fue el segundo hijo de un pequeño noble provincial. A los doce años Hume ya estudiaba Derecho en la Universidad de Edimburgo. Sin embargo, también tomaba cursos de otras asignaturas y, de esta manera, conoció las obras de Isaac Newton y John Locke. Después de tres años Hume interrumpió los estudios sin haberse titulado. En Bristol trabajó como comerciante y, en 1735, viajó a Francia para estudiar la filosofía más reciente. Allí escribió su Tratado sobre la naturaleza humana. Sin embargo, este tratado despertó poca atención. En 1745 se postuló para la cátedra de filosofía moral en la Universidad de Edimburgo, pero su actitud escéptica respecto a la religión hizo que su postulación no tuviera éxito. En 1748 apareció su Investigación sobre el entendimiento humano, una obra que dio a conocer a Hume como filósofo en toda Europa. Entre 1752 y 1757 trabajó como bibliotecario en la Universidad de Edimburgo, lo que combinó con sus estudios histórico-políticos. El resultado fue Historia de Inglaterra, que apareció entre 1754 y 1762 y consolidó la reputación de Hume como historiador. En su obra Historia natural de la religión, publicada en 1757, afirmó que la religión se basa principalmente en la ignorancia, la esperanza y el miedo, y que su erradicación mediante la Ilustración equivale a una verdadera redención. Con esto, Hume perdió cualquier esperanza de acceder a un puesto más alto en la Escocia calvinista. De 1763 a 1766 Hume estuvo en el servicio diplomático en París y conoció a Diderot y a Rousseau. En 1768 regresó a Edimburgo, donde murió el 25 de agosto de 1776, después de una larga enfermedad.


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