Resumen de Meditaciones metafísicas

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Meditaciones metafísicas resumen de libro

Clásico de la literatura

  • Psicología
  • Edad moderna temprana

De qué se trata

Pienso, luego existo

¿Qué puede reconocer el hombre como verdadero? ¿Existe un Dios? ¿Es inmortal el alma? En Meditaciones, René Descartes aborda estas preguntas, probablemente las más centrales de la filosofía. Y tampoco le faltan las respuestas, todas ellas basadas en la famosa proposición “Pienso, luego existo”. Lo que es claro y evidente y no puede dudarse debe ser cierto. Descartes aplica este método de razonamiento matemático a la elaboración del conocimiento filosófico. El espíritu humano con sus cualidades y habilidades está en el centro de las consideraciones. Liberado de sensaciones engañosas, llega al conocimiento de su propia existencia. Este es solo un pequeño paso para probar la existencia de Dios. Con su lógica estrictamente racionalista, Descartes convirtió la duda en el instrumento del conocimiento y derrotó a la ciencia eclesiásticamente dominada de su época. Sin lugar a dudas, es un momento estelar de la filosofía.

Ideas fundamentales

  • Meditaciones del filósofo y matemático francés Descartes es la obra fundamental de la corriente filosófica del racionalismo.
  • Contenido: Puedo dudar de todo, pero no del hecho de que yo piense. El pensamiento del hombre es la única prueba de su existencia: “Pienso, luego existo”. Puesto que las facultades del espíritu humano no pueden haber surgido de la nada, debe haber un Dios. Y puesto que el espíritu existe sin interacciones con el cuerpo, es completamente diferente de él.
  • Descartes plantea la duda respecto al principio fundamental de la filosofía: al igual que en las matemáticas, solo quiere aceptar como verdadero aquello que se demuestra sin lugar a dudas.
  • La experiencia de que las sensaciones pueden engañarlo lo disuadió de llegar a la verdad mediante la observación empírica.
  • Descartes convierte en el centro de atención de su epistemología al individuo que existe únicamente a través de su pensamiento.
  • Publicado en 1641 el libro representa un alejamiento más de la ciencia eclesiásticamente determinada y la filosofía.
  • La existencia de Dios no es para Descartes una cuestión de fe, sino una necesidad lógicamente deducible.
  • La importancia de Meditaciones en la historia del pensamiento es enorme. La obra influyó en muchos filósofos y científicos.
  • Cita: “Y así llegué… finalmente a la conclusión de que esta proposición ‘yo soy, yo existo’ es verdadera cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu”.

Resumen

Meditación primera: De la necesidad de la duda

Debemos edificar nuestros pensamientos sobre una base nueva, ya que se basan en muchos errores. Muchas de nuestras certezas las hemos recibido a través de la mediación de nuestros sentidos. Pero básicamente, hay que desconfiar de ellos, porque a veces nos engañan. Una manera de liberarse de las influencias de los sentidos es la duda. Lo que en virtud del entendimiento se reconoce como indiscutiblemente verdadero es cierto. Las ciencias que tienen por objeto las cosas más simples ofrecen certezas indudables. En matemáticas, por ejemplo, es cierto que un cuadrado no tiene más de cuatro lados. Por el contrario, muchos otros juicios están sujetos a la salvedad del error y, por tanto, todo lo pensado hasta ahora puede ponerse en duda. En el camino hacia la certeza, la ficción es útil, todas las opiniones anteriores son erróneas o puras ilusiones. En efecto, se puede dudar de todo mientras esta lógica no conduzca a un conocimiento firme. Es concebible que un espíritu todopoderoso y malvado haga todo lo posible para engañar al hombre. Todas las cosas materiales serían entonces únicamente espejismos y la propia existencia solo un sueño.

Meditación segunda: Del cuerpo y el espíritu

Si suponemos que todo es engaño y nada existe, debe haber alguien que sea engañado. Mientras piense, soy. La proposición “yo soy, yo existo” es, por tanto, necesariamente verdadera. Con esto se establece la primera certeza inquebrantable. ¿Pero qué es este Yo? Al principio, el propio cuerpo se impone en la conciencia como un objeto limitado que se puede percibir y mover. Pero estas percepciones también podrían ser un sueño. Solo el pensamiento no puede separarse del Yo. El pensamiento es la base inamovible de toda la existencia conocida.

“Todo lo que he admitido hasta ahora como más verdadero lo he aprendido de los sentidos o a través de la mediación de los sentidos. Pero ahora he llegado a la conclusión de que a veces nos engañan y es un precepto de sabiduría nunca confiar completamente en aquellos que nos han engañado aunque sea una sola vez””.

El Yo es una cosa pensante que consta del espíritu, el alma, el entendimiento y la razón. La imaginación no ayuda al conocimiento del Yo porque solo se refiere a la naturaleza corpórea, no a la espiritual. Por eso, el espíritu debe apartarse de ella si quiere ser claramente consciente de su propia naturaleza. Sin embargo, la imaginación es parte de la conciencia y las cosas corpóreas que ella reconoce parecen percibirse aun más claramente que el propio Yo. Las innumerables formas de un pedazo de cera, por ejemplo, no pueden haberse formado en la imaginación, sino solo por medio de las impresiones de los sentidos y el entendimiento que juzga estas impresiones. Las impresiones de los sentidos son una prueba de la propia existencia, porque si veo la cera, se deduce que yo existo porque la veo. Sin embargo, incluso si todo lo percibido fuera engaño, el sujeto que percibe existe. La percepción de las cosas no prueba su existencia, pero sí la existencia del sujeto que percibe.

Meditación tercera: La existencia de Dios

Es verdadero todo lo que concibo clara y distintamente. El error anterior básico consistía en la suposición de que yo conocía las cosas que estaban fuera de mí a través de una instancia externa. Pero la existencia de las cosas no es en modo alguno cierta, porque un Dios engañador podría simularlas. La pregunta central es, por tanto: ¿existe un Dios? ¿Y este Dios puede ser un engañador? La respuesta a estas preguntas es la base de toda certeza.

“Y así llegué… finalmente a la conclusión de que esta proposición yo soy, yo existo’ es necesariamente verdadera cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu””.

Distinguir los diferentes tipos de conciencia según sus cualidades como fuentes de verdad o falsedad conduce a la distinción entre expresiones de la voluntad o bien emociones, por un lado, y juicios, por el otro. Solo los juicios pueden ser fuentes de error y falsedad. En lo que se refiere a las ideas, algunas de ellas serán innatas, otras parecen venir de afuera y otras más, hechas por mí mismo.

“Y de esta manera comprendo, por la sola facultad de pensar, que lo que creía ver con mis ojos reside en mi espíritu””.

Todo efecto adquiere su realidad de una causa. En consecuencia, en la causa debe haber tanta realidad como en el efecto. De la nada no puede surgir ninguna realidad. Toda idea debe basarse en un arquetipo en el que todo lo que le pertenece ya existe; la idea no puede abarcar nada más perfecto y mayor que su fuente. Si la realidad de una idea es tan grande que no puede estar implícita en mí, debe haber una causa de esta idea fuera de mí.

“Soy una cosa que piensa, es decir, que duda, afirma, niega, entiende poco, no sabe mucho, quiere, no quiere y también imagina y siente””.

Solo la idea de Dios no puede estar contenida en el sujeto pensante y debe venir del exterior. La esencia de Dios se define como substancia infinita. Puesto que el Yo humano es finito, la idea de una substancia infinita debe provenir ella misma, de hecho, de una substancia infinita, ya que contiene más realidad que lo finito. La idea de un ser perfecto e infinito es verdadera porque representa algo real. El hombre, como ser finito, no puede comprender el infinito, pero en la conciencia de esta deficiencia, la idea de un Dios perfecto es la más verdadera, clara y distinta de todas. Por consiguiente, la idea de un ser perfecto debe haber sido causada por este mismo ser.

“Y por eso opino que ya se puede establecer, como regla general, que es verdadero todo lo que concebimos clara y distintamente””.

El acto de creación y la conservación permanente de las cosas requieren el mismo poder y actividad. Así, el hombre siempre depende de un ser distinto de él, ya que él mismo no posee este poder. Solo Dios tiene el poder de existir por sí mismo y sin causa adicional. De mi existencia y de la idea de un ser perfecto, debe concluirse que Dios existe. ¿Pero cómo pasa esta idea de Dios al hombre? No puede ser concebida, porque la perfección no es algo que se quite o se agregue, y tampoco puede ser transmitida por los sentidos; debe ser innata. Con esta idea, yo no puedo existir si Dios no existe. Dios no puede ser un engañador, porque el engaño está condicionado por la falta de perfección, y esto contradice la definición de Dios. La comprensión de la propia incapacidad para entender la infinidad de Dios es suficiente para tener una idea de Dios verdadera, clara y distinta.

Meditación cuarta: Verdad y falsedad

Cuando el pensamiento puro, liberado de todas las influencias y experiencias de los sentidos, conduce al conocimiento de Dios, el hombre también puede, mediante la consideración de este ser perfecto, alcanzar el conocimiento de todas las demás cosas. Dios le ha otorgado al hombre la capacidad de juzgar y, si se aplica correctamente, no puede inducir a engaño. Según la experiencia, el hombre está sujeto a muchos errores porque, además de la idea positiva de Dios, también lo afecta lo contrario, es decir, la idea negativa de la nada. Él es un término medio entre Dios y la nada, es decir, entre el ser supremo y el no ser. El error es únicamente una falta de perfección.

“¡Engáñeme quien pueda!, que lo que nunca podrá será hacer que yo sea nada mientras sea consciente de que soy algo…”

Los errores surgen de la acción simultánea de las facultades de entendimiento y voluntad. La facultad de juzgar forma parte de la imperfección humana y puede inducir a juzgar algo equivocadamente. La capacidad de comprensión del hombre es limitada e imperfecta, pero, al mismo tiempo, tiene la idea de una capacidad de comprensión ilimitada e infinita que pertenece a la naturaleza de Dios. Es distinto con la voluntad, o sea, con la libertad de elección: es perfecta en el hombre, porque no puede ser mayor de lo que es; al fin y al cabo, solo existe para afirmar o negar algo. Puesto que la voluntad ilimitada también se extiende a lo que no reconoce y el hombre no restringe el poder del juicio a lo que el entendimiento abarca, la indecisión surge en los juicios, la fuente de error. Pero esta deficiencia radica en el uso del libre arbitrio, no en la libertad de elección misma. El hombre solo puede protegerse del error al no hacer ningún juicio sobre cosas poco claras.

Meditación quinta: Dios y las cosas materiales

Las ideas pueden reconocerse como verdaderas, pero ¿existe alguna certeza sobre las cosas materiales? En la imaginación la extensión de una cosa según su longitud, anchura y profundidad es clara. A sus partes individuales se les pueden atribuir tamaño, forma, posición, movimientos y una cierta duración. La verdad de estas determinaciones es evidente. El triángulo, por ejemplo, tiene propiedades comprobables que son eternamente verdaderas. Que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos no depende del espíritu humano.

“No podría poner en duda de ninguna manera lo que la visión natural atestigua, como cuando me decía que del hecho de que yo dudara podía deducir mi existencia””.

La existencia de Dios es tan cierta como la verdad de los números y las figuras matemáticas, porque no se pueden separar de su esencia; es una parte necesaria de su perfección. Puesto que el pensamiento no atribuye ninguna necesidad a las cosas, la idea de Dios todavía no implica forzosamente su existencia. Pero no se puede concebir un ser supremamente perfecto sin su existencia, porque esta es absolutamente necesaria para su perfección. La idea de Dios es la más excelente de las ideas verdaderas e innatas. No depende de los pensamientos, sino que es la reproducción de una naturaleza eterna y verdadera. Los prejuicios y las imágenes de cosas corpóreas nublan la mente y a veces impiden el conocimiento claro y verdadero de la existencia de Dios. Pero sin la certeza de Dios, no se puede saber nada. Sin embargo, si se comprende que Dios existe y que todo lo que concibo clara y distintamente debe ser cierto por necesidad, no hay razón para dudar. La verdad depende del conocimiento de Dios.

Meditación sexta: Las cosas materiales, el cuerpo y el alma

La existencia de las cosas materiales es, por el contrario, más difícil de probar, porque están sujetas al poder de la imaginación. De la idea clara de la naturaleza corpórea de una cosa que encuentro en la imaginación, todavía no puedo derivar ninguna prueba de la existencia de un cuerpo. ¿Qué pasa con la sensación? ¿Se puede obtener una prueba de la existencia de los cuerpos a partir de este tipo de conciencia? Las ideas concebidas por los sentidos se nos imponen involuntariamente por la presencia de las cosas y, puesto que son más fuertes que las que se conciben en el espíritu, me puedo convencer a mí mismo de que cada idea del entendimiento se deriva de las impresiones de los sentidos. No puedo separarme de mi propio cuerpo como de los demás cuerpos, porque en él siento todas mis sensaciones.

“Por consiguiente, solo queda la idea de Dios, en la que debe considerarse si hay algo que no pueda proceder de mí mismo””.

La única certeza inmediata que existe es que el hombre es una cosa pensante. Pero, al mismo tiempo, tiene una idea clara de su cuerpo como una cosa extensa. Por eso, el Yo es evidentemente diferente del cuerpo y también puede estar sin él. Se puede pensar en el Yo sin las facultades de la imaginación y la sensación, pero, a la inversa, estas son inconcebibles sin el sujeto pensante. La capacidad pasiva de experimentar impresiones a través de los sentidos debe corresponder a una fuerza activa fuera del Yo. Esta fuerza se encuentra en una substancia diferente de mí, es decir, en la naturaleza corpórea.

“… se debe concluir de todos los modos posibles que, solo porque existo y porque está en mí la idea de un ser sumamente perfecto, es decir, Dios, es evidente que Dios también existe””.

Puesto que Dios no puede ser un engañador, las cosas corpóreas deben existir, aunque no necesariamente como las perciben los sentidos. La naturaleza es el orden total de las cosas creadas por Dios; la naturaleza del Yo es la reunión de todas las cosas que Dios le ha asignado al individuo. Las sensaciones corpóreas son la expresión de una cierta verdad. El hambre, la sed y el dolor son tipos de conciencia que surgen de la unión del espíritu con el cuerpo. ¿Cómo puede el hombre, en cuanto ser compuesto de cuerpo y espíritu, distinguir el engaño de la verdad? Sin el entendimiento no es posible juzgar las cosas externas. Las sensaciones de los sentidos no son más que mediadores entre las cosas y el espíritu que puede reconocerlas.

“Y entonces reconozco con certeza que el error, como tal, no es nada real que dependa de Dios, sino solo un defecto y que, por tanto, para errar, no se requiere una facultad que Dios me haya dado para ese propósito, sino que yerro porque la capacidad que Dios me dio para discernir lo verdadero no es infinita en mí””.

Puesto que, a diferencia del espíritu, el cuerpo es divisible, una vez más se demuestra que el espíritu es totalmente diferente del cuerpo. Se conectan entre sí a través de los nervios y el cerebro. La razón de las sensaciones es la conservación de la salud. La sensación de dolor, por ejemplo, en un pie, también puede originarse en el cerebro. Razonablemente, el espíritu interpreta que el dolor proviene del pie, porque ahí se encuentra con más frecuencia la causa.

“En lo que a Dios se refiere, si mi espíritu no estuviera nublado por los prejuicios y mi conciencia no estuviera ocupada con las imágenes de las cosas corpóreas, seguramente no habría nada que conociera primero y más fácilmente que a Él””.

La probabilidad, la experiencia y la combinación de impresiones sensoriales relativizan el miedo a ser engañado por los sentidos. Se puede rechazar la duda de que todo es solo un sueño, porque los sueños no se enlazan con las demás experiencias en nuestra memoria como sí lo hacen las experiencias en el estado de vigilia. Todos los sentidos, la memoria y el espíritu son instancias de prueba. Si ninguno de ellos presenta dudas, no es necesario dudar de la verdad de una impresión. Pero, puesto que la necesidad de acción no siempre da tiempo para exámenes cuidadosos, la vida, a menudo, está sujeta a error.

Acerca del texto

Estructura y estilo

Descartes antepone en su obra una extensa dedicatoria a la influyente Facultad de Teología de la Universidad de la Sorbona de París. En ella menciona, por un lado, su objetivo de formular argumentos bien conocidos para la existencia de Dios con tanta transparencia y claridad que se reconozcan como prueba. Por otro lado, quiere disipar sus dudas sobre su propia fe y escapar de la persecución eclesiástica. En el prefacio justifica que la obra esté escrita en latín porque quiere mantener alejados a los idiotas. Señala, además, que las objeciones de los eruditos a los que ha pedido su opinión y las respuestas a su comprensión de Meditaciones son importantes.

Cada una de las seis meditaciones abarca solo unas pocas páginas. Los párrafos individuales están numerados. Al procedimiento analítico de Descartes corresponde un lenguaje claro, lógico y comprensible. Argumenta convincentemente y sus pensamientos siguen una estructura estrictamente lógica. Las objeciones de los eruditos y las respuestas de Descartes ocupan un espacio mucho más extenso que las meditaciones mismas.

Planteamientos de interpretación

  • En el centro de atención del libro están las facultades y las limitaciones del espíritu humano. El espíritu, como medio para conocer a Dios, parece casi divino. Ha recibido sus facultades de Dios y es muy similar a él. Sin embargo, lo que le falta como ser finito es la perfección divina, cuyo elemento esencial es la infinidad.
  • La prueba ontológica de Dios realizada por Descartes está dirigida a aportar una prueba tan clara, distinta y, por tanto, verdadera de la existencia de Dios como la de las leyes matemáticas. Para Descartes la existencia de Dios no es una cuestión de fe, sino una necesidad lógicamente deducible.
  • Descartes probablemente escribió Meditaciones sobre todo porque el sector eclesiástico se opuso a su obra anterior, el Discurso del método. Con su prueba de Dios quería pararles los pies a los críticos de la Iglesia y la Inquisición. En vano, sin embargo, porque su prueba se basa en el método de la duda que se considera contrario al principio de la fe.
  • La idea central de Meditaciones es el dualismo cartesiano: el mundo está dividido en dos partes, la materia y el espíritu. El alma es fundamentalmente distinta del cuerpo y podría existir sin él. Solo la biología de los siglos XIX y XX logró superar este dualismo al mostrar que la materia y el espíritu están conectados.
  • Descartes es un representante importante del racionalismo. A diferencia de los empiristas, que quieren ir más allá de la experiencia sensorial para llegar al conocimiento de la verdad, él confía únicamente en el entendimiento y desconfía de toda experiencia a través de los sentidos. Sin embargo, en el transcurso de los siglos, el empirismo ha triunfado sobre el racionalismo, prueba de ello es la dominancia de las ciencias naturales.

Antecedentes históricos

Los disturbios de la Guerra de los Treinta Años

Después de la Reforma estallaron en Europa las disputas sobre la verdadera religión. Las luchas entre los católicos y los hugonotes protestantes convulsionaron a Francia entre 1562 y 1598. En Europa los estados católicos como Francia y España se opusieron a los países puramente protestantes de Escandinavia. En Alemania fueron sobre todo los príncipes del norte y el este quienes se habían convertido a la fe protestante, el resto seguía siendo católico. La mayoría de los súbditos tuvieron que aceptar la religión de sus soberanos. A las oposiciones religiosas se agregaron poderosos intereses políticos y, por consiguiente, la línea divisoria no siempre fue muy clara entre los adversarios católicos y protestantes, los dogmas dominantes de la época.

Finalmente, los conflictos escalaron a la Guerra de los Treinta Años, que se libró principalmente en suelo alemán. Al comienzo de la guerra, en 1618, se produjo la rebelión de los nobles protestantes de Bohemia contra el futuro emperador de los Habsburgo, Fernando II. Los Habsburgo, como la dinastía dominante del Imperio alemán, representaban un catolicismo agresivo contra el cual se defendían los protestantes. Si bien durante los primeros años los protestantes fueron militarmente inferiores, la situación cambió a su favor, ya que, en 1630, Suecia intervino y se celebraron victorias militares.

Francia, que al principio cofinanció la guerra sueca, finalmente intervino también militarmente y luchó al lado de Suecia en Alemania. El político francés más importante de la época, el cardenal Richelieu, pactó incluso con los originalmente odiados protestantes para luchar contra los poderosos Habsburgo austriacos y españoles. Después de un congreso de paz que duró cinco años, finalmente, en 1648, se firmó la Paz de Westfalia en Münster y Osnabrück. La paz trajo como consecuencia la independencia de los Países Bajos Unidos, y la Confederación Suiza también se salió del Sacro Imperio Romano. Además, ningún soberano alemán tenía permitido imponer su fe a sus súbditos. Con el tratado internacional respecto a que ninguna potencia debía intervenir más en la independencia política y religiosa, se creó la base para el equilibrio de poderes en Europa.

Origen

René Descartes conoció la guerra desde su propia experiencia; en 1619 participó como soldado de los servicios bávaros en la conquista de Praga. Cuando publicó las Meditaciones en 1641, la guerra todavía ardía, pero el autor fue blanco de las críticas de una manera muy diferente. Su obra el Discurso del método, publicada cuatro años antes, había atraído críticas eclesiásticas contra el filósofo. Los representantes de la escolástica (la doctrina de la Iglesia que prevalecía en ese entonces) rechazaban la duda como un método de conocimiento, ya que su visión del mundo se basaba en la fe. Con las Meditaciones, Descartes quería demostrarles que su método lógico podía probar incluso la existencia de Dios.

Descartes probablemente comenzó a trabajar en las Meditaciones poco después de la publicación del Discurso del método, pues la primera edición contiene ya las objeciones de los eruditos (entre ellos, el famoso Thomas Hobbes), a quienes Descartes les había pedido opiniones sobre sus tesis, y también contiene sus respuestas a dichas objeciones. Descartes escribió la obra en los Países Bajos, donde vivió de 1630 en adelante.

Historia de la influencia de la obra

La influencia de Descartes en los filósofos posteriores no puede valorarse lo suficiente. Casi todos discutieron sus métodos e ideas. Una parte de la historia de la influencia de la obra ya está contenida en la edición original de las Meditaciones. En espera del rechazo de sus tesis por parte de los maestros cristianos, Descartes había pedido las opiniones de importantes científicos de su tiempo. Sus objeciones, junto con las respuestas de Descartes, formaron parte de la primera publicación de 1641.

Descartes fue el fundador de la época del racionalismo, según el cual, solo se puede reconocer lo que se puede probar. Los desarrolladores más importantes fueron Baruch de Spinoza y Gottfried Wilhelm Leibniz. Friedrich Nietzsche opinaba que, según Descartes, la filosofía era anticristiana, si no es que antirreligiosa; con él, la razón tenía la autoridad exclusiva por encima de todo.

Sobre el autor

René Descartes nació el 31 de marzo de 1596 en La Haya como descendiente de una familia noble. Después de asistir al famoso Colegio Real jesuita en La Flèche, a los 21 años, en 1617, ingresó en el ejército de la Liga Imperial bajo el mando del general Tilly. Pero su interés estaba, sobre todo, en las matemáticas. Cuando, en su calidad de aspirante a oficial, observó la trayectoria de un proyectil de artillería, descubrió la geometría analítica y tomó la decisión de construir una ciencia natural unificada sobre una base matemática. En 1621 Descartes renunció al servicio militar y viajó por Europa, siempre en busca de intercambios con otros científicos. En 1630 emigró a los Países Bajos, donde esperaba una mayor tolerancia para su investigación. Ahí se dedicó a cuestiones médicas y metafísicas. Sin embargo, intimidado por las acusaciones contra Galileo Galilei, no pudo decidirse a publicar su obra cosmológica El mundo. En 1637 publicó anónimamente su escrito Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias. En 1641 siguió la publicación de Meditaciones acerca de la filosofía primera, y luego, en 1644, los Los principios de la filosofía. Después de haber mantenido correspondencia durante varios años con la reina Cristina de Suecia, Descartes aceptó una invitación de la monarca para ir a Estocolmo. Allí murió de neumonía, el 11 de febrero de 1650.


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